Empezamos montando sensores de presencia en un taller pequeño, con más cables sueltos que respuestas. La idea era simple: que una habitación entendiera cuándo hay alguien dentro sin depender de un servidor remoto. De ahí salieron los primeros módulos con carcasa translúcida y luz puntual, probados en pasillos, oficinas y cocinas reales.
Hoy seguimos trabajando igual, con prototipos sobre la mesa y pruebas que duran semanas antes de dar por bueno un umbral de detección. Nos interesa la gente que instala, ajusta y convive con estos sensores todos los días, no la promesa de una casa que se gobierna sola.